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  • Por los responsables de las naciones, para que se comprometan con decisión a poner fin al comercio de las armas, que causa tantas víctimas inocentes.
     
    […] Paz. Esta palabra resume todos los bienes a los que aspira cada persona y todas las sociedades humanas. También el compromiso con el cual tratamos de promover las relaciones diplomáticas no tiene, en último término, otro fin que este: hacer crecer en la familia humana la paz en el desarrollo y en la justicia. 
     
    Se trata de una meta nunca alcanzada plenamente, que pide ser buscada nuevamente por parte de cada generación, afrontando los desafíos que cada época plantea.
     
    Contemplando los desafíos que en este tiempo nuestro es urgente afrontar para construir un mundo más pacífico, quisiera destacar dos: el comercio de armas y las migraciones forzadas.
    Todos hablan de paz, todos declaran quererla, pero lamentablemente la proliferación de armamentos de todo tipo conduce en sentido contrario. El comercio de armas tiene el efecto de complicar y alejar la solución de los conflictos, tanto más porque se desarrolla y se pone en práctica en gran parte al margen de la legalidad.
     
    Unamos nuestras voces al desear que la comunidad internacional dé lugar a una nueva época de compromiso concertador y valiente contra el aumento de los armamentos y para su reducción. 
     
    Otro desafío a la paz que está al alcance de nuestros ojos, y que lamentablemente asume en algunas regiones y en ciertos momentos el carácter de auténtica tragedia humana: las migraciones forzadas. 
     
    Se trata de un fenómeno muy complejo, y es necesario reconocer que se están realizando esfuerzos considerables por parte de las Organizaciones internacionales, los Estados, las fuerzas sociales, así como de las comunidades religiosas y del voluntariado, para tratar de dar respuesta de modo civil y organizado a los aspectos más críticos, a las emergencias, a las situaciones de mayor necesidad. 
     
    Ha llegado el momento de afrontarlo con una mirada política seria y responsable, que implique a todos los niveles: global, continental, de macro regiones, de relaciones entre Naciones, incluso a nivel nacional y local.
     
    Podemos observar en este campo experiencias opuestas entre sí. Por una parte, historias estupendas de humanidad, de encuentro, de acogida; personas y familias que han logrado salir de realidades inhumanas y que han vuelto a encontrar la dignidad, la libertad, la seguridad. Por otra parte, lamentablemente, existen historias que nos hacen llorar y avergonzarnos: seres humanos, nuestros hermanos y hermanas, hijos de Dios que, impulsados también ellos por la voluntad de vivir y trabajar en paz, afrontan viajes extenuantes y sufren secuestros, torturas, abusos de todo tipo, para acabar a veces muriendo en el desierto o en el fondo del mar.
     
    El fenómeno de las migraciones forzadas está estrechamente vinculado a los conflictos y a las guerras. Por lo tanto, también al problema de la proliferación de las armas, del que hablaba antes. Son heridas de un mundo que es nuestro mundo, en el cual Dios nos ha puesto para vivir hoy y nos llama a ser responsables de nuestros hermanos y de nuestras hermanas, para que no se viole la dignidad de ningún ser humano. 
     
    Sería una absurda contradicción hablar de paz, negociar la paz y, al mismo tiempo, promover o permitir el comercio de armas. Podríamos también pensar que sería una actitud en cierto sentido cínica proclamar los derechos humanos y, al mismo tiempo, ignorar o no hacerse cargo de hombres y mujeres que, obligados a dejar su tierra, mueren en el intento o no son acogidos por la solidaridad internacional. (Discurso del Santo Padre en la entrega de cartas de credenciales a embajadores) 
     
     
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